“Tenía ganas de correr” La magistral escena de Forrest Gump.

por | May 8, 2020

Probablemente la secuencia con el guion más brillante, simple e inspirador que jamás he visto, es esa en la que Forrest Gump empieza, sin más, a correr (abajo tienes el vídeo).

Y se pasa, según narra la película, hasta 3 años, 2 meses, 14 días y 16 horas corriendo.

De las muchas anécdotas que le ocurren durante ese tiempo, hay una que es simplemente genial.

Los medios pronto se hacen eco de su historia. Se preguntan por qué alguien se pasa corriendo miles de kilómetros durante meses. De modo que le siguen, micros y cámaras en mano, para conocer sus motivos:

“¿Oiga, por qué corre? ¿Lo está haciendo por la paz mundial? ¿Por la gente sin hogar? ¿Lo hace por los derechos de la mujer? ¿Por el medio ambiente? ¿Por los animales? ¿Por las armas nucleares? ¿Por qué lo está haciendo?”

Su respuesta es oro.

“Tenía ganas de correr”.

Y eso me lleva automáticamente a preguntarme cuándo fue la última vez que hice algo solo por el placer de hacerlo. Sin motivo, sin fin. Solo eso. Sin el yugo del resultado, de la consecuencia. Hacer por hacer, vivir por vivir.

Me doy cuenta de que necesitamos un motivo para casi todo. Y de que nos pasamos la vida persiguiendo esto y lo otro.

Y a veces, cuando lo conseguimos, la alegría -cuando no es alivio por haber cumplido con nuestra expectativa autoimpuesta- es fugaz. Rápidamente vamos a otra cosa. El bucle de la insatisfacción. La eterna búsqueda.

¿Pero cómo se puede vivir sin motivos?

Nos han vendido esa pregunta y nos dedicamos a comprar respuestas.

Abunda la oferta. Los charlatanes de la nueva era -y los de siempre -, los expertos en felicidad -muchas veces los más desgraciados-, los de la secta de la psicología “positivista” o los amigos de Instagram con su vacío postureo dándote el consejo del día y publicando fotos -deprimidos desde la oficina- de su viaje a Bali de hace 3 años.

Si quieres puedes, cuando sientas que vas a rendirte, piensa por qué empezaste, busca tu próximo reto, encuentra tu “Por qué”, suelen decir. Tus motivos y tus objetivos para esto y aquello. Para vivir la vida “que siempre has querido”. Para ser feliz.

Tal vez ya lo éramos. Tal vez no necesitábamos motivos. Tal vez buscar los motivos fuera parte del problema. Tal vez es cuestión de restar y no de añadir. Restar hasta quedarte solo contigo y poder vivir con ello.

¿Qué motivos necesita alguien verdaderamente inocente para disfrutar de la vida?